3 jul. 2011

LA CULTURA (POLÍTICA)


En democràcia cada ciutadà té dret a un vot i tots els vots tenen el mateix valor, però això de vegades es confon amb el valor de les opinions... Quan es parla d'arquitectura, per exemple, s'haurà de donar més valor a l'opinió d'un expert, és a dir, un llicenciat o doctor en Art, a un arquitecte, que no a un simple "paleta" -amb tots els respectes per tan digna professió-, quan es parla d'història tampoc s'haurà de posar al mateix lloc la història oral i pròpia de cadascú amb la visió general de l'expert, és a dir, de l'historiador... i així podríem seguir posant infinitud d'exemples, encara que tot no és, ni molt menys, la formació acadèmica perquè, de vegades (l'excepció sempre confirma la regla), ens podríem trobar amb vertaderes sorpreses amb gent autodidacta molt preparada i, en cas contrari, gent amb un títol que dóna la impressió d'haver-se'l trobat sense buscar-lo o que, fins i tot, els va tocar en alguna rifa.

Aquest comentari anecdòtic vol ser una crítica contra tots aquells polítics electes (presidents, ministres, consellers, alcaldes, regidors...) que no ens representen des del moment que, una vegada han pres possessió, creuen que guanyar unes eleccions també és sinònim d'una sabiduria que Salamanca no presta (El que la natura no dóna...) i que tampoc atorguen els vots i, per això mateix, es llancen a fer afirmacions demagògiques, estranyes, errònies i moltes vegades d'una incultura extrema que causa vergonya aliena perquè com afirmen, dos persones cultes com són Enric Juliana i Manuel Rivas, la incultura política causa estupor i a més d'un ens sulfura... (APF).-


EN CASA DE MAQUIAVELO
Cultura política es un saber popular; el acta fundacional de 1977 fue democracia más subsidio. La debilidad de la cultura política ha mermado la democracia en España: ahora se comprueba.

Enric Juliana (La Vanguardia)
Me gusta coleccionar nombres para una novela que nunca escribiré –el último, en Lisboa: Gabriela da Cunha Menezes Piçarra, hallado en el tarjetero de una vieja maleta que decoraba el hotel–, y en la peregrinación anual a Italia me ha dado por las lápidas. Cuando tengo la oportunidad de regresar al país que nunca podré resumir, fotografío lápidas. Mármoles patrióticos. Esos recordatorios que tanto abundan en los palacios, en las fachadas de los ayuntamientos, en las murallas y en muchas casas de una sociedad que vive permanentemente sumergida en el discurso histórico para protegerse del caos y la dispersión. Italia es un país marinado en la historia y sus lápidas son de una retórica excepcional. Una retórica de adjetivos vibrantes, cuyo secreto está en el uso de los tiempos verbales y en la conclusión siempre súbita y musical de los panegíricos. Hace unas semanas localicé una lápida extraordinaria en San Casciano in Val di Pesa, pequeña cabecera de comarca entre Florencia y Siena. Una lápida dedicada a Garibaldi por una antigua sociedad obrera: Giuseppe Garibaldi, glorificado vengador de la libertad de los pueblos de dos mundos, confirmando nuevamente que en él junto a la virtud estaba la modestia, consintió ser nombrado primado honorario benemérito de la sociedad obrera de San Casciano in Val di Pesa. Honrados por tal honor perpetuamos el recuerdo. Hasta aquí un mármol que podríamos hallar en otros pueblos de Italia. Lo mejor es el final: Maquiavelo, hijo de esta tierra grata a sus estudios, saluda al héroe, en vano buscado en Tito Livio, y exulta.

Las sociedades obreras de la Toscana leían a Maquiavelo, le tenían en alta estima –lo consideraban un hijo del pueblo– y admirando aún más a Garibaldi, héroe de la unificación italiana, afirmaban no hallar un personaje de su altura en la Historia de Roma de Tito Livio. Antes, a esa capacidad de relacionar el pasado con el presente, a ese juego con el tiempo gracias al cual Maquiavelo daba la mano a Garibaldi –en realidad, un disfrute de la diferencia, puesto que más de la mitad de la población era analfabeta y casi nadie tenía ni puñetera idea de quién era Tito Livio–, se le llamaba cultura política. Una expresión prácticamente desaparecida en España, después de un breve fulgor durante los años de la transición, en los que pronto se vio que había que ir a lo práctico. Para la plena implantación de la política profesional –sin apenas resquicio para aficionados, amateurs y voluntarios a tiempo parcial–, fueron mucho más eficaces las artes de la astucia. Cultura política, ¿para qué? Tanto es así, que el asunto de la memoria histórica sólo cobró fuerza hace unos años cuando alguien, en algún congreso del PSOE, intuyó que ese era un buen filón para mantener al Partido Popular en estado de sitio. Un error que se pagará caro, porque dentro de unos meses es muy probable que se mueva el péndulo y vamos a tener gresca. Mucha memoria histórica, pero los sindicatos nunca se han preocupado de promover y alimentar, con fondos propios, un gran centro de documentación sobre el papel político de los trabajadores en la España moderna. ¿Para qué, si de eso no se come? La urgente asociación entre democracia y bienestar material –mito fundacional de la Restauración de 1977, que ahora se resquebraja peligrosamente– dejó la cultura política en manos de los profesores. Con ser astuto bastaba para moverse con soltura por los andamios de la política profesional. Creo que estos últimos ocho años hemos tenido un buen ejemplo de ello. Ya no hay vuelta atrás. Las nuevas formas de comunicación funcionan como el cerebro de los reptiles: apenas tienen memoria y su eficacia se basa en la agilidad y rapidez ante los estímulos. El ayer no existe y el presente es una superficie plana que se extiende hasta el infinito, sobre la cual el mundo serpentea. Compulsión, novedad y poca mirada hacia atrás. Es posible que los jóvenes de las plazas también estén rebelándose contra esa extraña evolución de la condición humana hacia un estadio reptil-tecnificado. Saurios de nueva generación: eficacia sin memoria; velocidad sin pasado. Sangre fría. No lo sé. Sólo sé que hoy en España hablas con admiración de Maquiavelo y lo más probable es que te miren de manera extraña. ¡Será marrullero! En las plazas indignadas igual te llaman político, porque los chicos y chicas que hoy sueñan con el cambio de Régimen mediante la implantacíón de la circunscripción electoral única, leen a Nietzsche. La voluntad de poder. El superhombre. La poesía del yo. Ellas y ellos quieren ser.

Maquiavelo no nació en San Casciano in Val di Pesa, pero su familia tenía muy cerca de allí, en la colina de Bibbione, un pequeño castillo. Cuando le exiliaron de Florencia por haber apoyado la república civil que acabó con los delirios del fraile Savonarola –el Profeta Desarmado–, se refugió en el castillo de Bibbione. Por las tardes bajaba a la Vía Cassia, la carretera romana que une Siena y Florencia, y preguntaba a los caminantes qué había de nuevo en la ciudad; qué decían los Médici; qué planes tenían. Era un Twitter lento. Así nació la política antes del tiempo reptil. Maquiavelo nunca fue maquiavélico.
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LA CULTURA

Manuel Rivas (El País)

Leo en un titular de prensa: "La elección de San Sebastián genera estupor y sulfura a los políticos". Es lo bueno que tienen algunos titulares, que solo tienes que invertir el sentido para expresar lo que piensas. Las opiniones de los políticos, de algunos, en contra de la elección de Donostia como Capital Europea de la Cultura en 2016 me generan estupor e incluso me sulfuran. Hubo una competición entre candidaturas, en la que resultó elegida la ciudad vasca por un jurado independiente. A continuación, un extraño derbi de caballos que perdieron la cabeza. Es difícil designar al ganador. Uno no sabe si inclinarse por Rosa Aguilar, toda una ministra del Gobierno de España, de toda España, supongo, que calificó la decisión como un "magnífico error". O por el eurodiputado español y vasco, Carlos Iturgaiz, y su insidia de "si una ciudad gobernada por los amigos del terror (Bildu) puede ostentar el título de Capital Europea de la Cultura". También ha sido espectacular la bulla despechada de Belloch, alcalde de Zaragoza, otra ciudad candidata, al impugnar el "disparate" del jurado y pedir su revisión. Si este es el tono que marcan los personajes con responsabilidades institucionales, ¿cómo lamentarse luego de la turbamulta mediática del odio? Lo paradójico del caso es que la capitalidad que se disputaba era la de la cultura. Claro que la cultura, como nos recuerda también el episodio oscuro que se está viviendo en la SGAE, puede servir para abrir los ojos o cegarlos. En el pedamonte andino, un fraile muy culto ordenó cortarle las orejas a un indígena por "ser indócil al imperio de mi voz". Necesitamos solucionar los problemas auditivos y una revolución óptica. Lo que dijo el presidente del jurado, Manfred Gaulhofer, al asociar la capitalidad de San Sebastián con "un compromiso contra la violencia" no solo fue lo más razonable de todo lo dicho. También fue lo más culto.

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