22 març 2011

DEMOCRÀCIA I DEFICIÈNCIES (1978-2011)


De vegades, o quasi sempre, els partits polítics grans, és a dir, el PP i el PSOE, donen sensació de retorn a l'Espanya decimonònica de la Restauració, del tornisme (Cánovas-i-Sagasta / González-i-Aznar, Maura-i-Canalejas / Zapatero-i-Rajoy...), el pessebrisme en el repartiment de càrrecs i prebendes (a la Universitat, a les caixes d'estalvi encara que això s'acaba, a les mancomunitats i societats mixtes creades tal vegada per "col·locar" els seus, etc.), del caciquisme en definitiva...

De tota manera, com diu Ignacio Sotelo, aquesta Espanya democràtica actual és preferible a la dels anys vuitanta de la transició i jo afegiria que, per suposat, també a la de tots els temps, incloent-hi el Sexenni Democràtic i, fins i tot, la convulsa Segona República on es confonien Eleccions Generals amb municipals (al febrer del 36) i a l'inrevés (a l'abril del 31)... però, tal vegada, l'únic que no compartisc és que la legislació actual premie els partits "nacionalistes": en primer lloc, perquè al dir nacionalistes sempre ens referim al PNB i a CIU (quan de partits nacionalistes espanyols també n'hi ha, i molts), i en segon lloc perquè la Llei d'Hondt sempre premia els partits majoritaris, és a dir, al PNB al País Basc, a CIU a Catalunya, al PSOE a Andalusia o al PP a Castella-Lleó, però no per ser de dretes, d'esquerres i/o nacionalistes, sinó, simplement, per això mateix, per ser majoritaris a les seues respectives circumscripcions electorals.

La resta de l'article em sembla perfecte: l'actual funcionament dels partits està caduc i caducat, i la política partidista interna de les actuals formacions polítiques es pot qualificar de qualsevol cosa, exceptuant el concepte de democràtica... És més, el dèficit democràtic que patim i sempre hem patit a l'Estat espanyol naix quan els partits majoritaris aconsegueixen majories absolutes que els permeten abusar del poder, dels tres poders tan poc separats des de la mort de Montesquieu (Alfonso Guerra dixit!), i abusen perquè abusar vol dir usar els fons públics en actes i activitats partidistes, com ara les ridícules inauguracions dels dies previs als inicis de les campanyes electorals, de l'ocupació salvatge dels mitjans de comunicació públics i privats, del nepotisme en l'adjudicació de llocs de treball públics o d'activitats privades finançades amb diners públics, així com les fundacions paral·leles que acompanyen tots els partits i que són, en la majoria dels casos, cortines de fum per al finançament de les activitats partidistes i la compra de voluntats privades... Tot molt legal i avalat per la lentitud d'una justícia al ralentí que, degut a la seua escassa velocitat, tots donem per injusta des de les declaracions de Pacheco, ex-alcalde de Jerez (Xerès en quin idioma és? Català/valencià, perquè de castellà/andalús... res de res ).

Tot això ja passava a l'Estat espanyol a finals del segle XIX i ha continuat passant durant tot el segle XX, per suposat que amb honroses excepcions, però això no és excusa per a que continue passant ara mateix. Avui per exemple, s'ha aprovat al Congrés de Diputats la participació de l'Estat en les accions bèl·liques contra el règim de Gadafi a Líbia i, per això mateix, perquè estem en democràcia, tots els ciutadans tenim dret al pluralisme, és a dir, a escoltar i/o llegir els arguments a favor d'aquesta decissió majoritària i, al mateix temps, no caldria oblidar-ho, tots els arguments en contra, que en són molts... però tots ens preguntem: tindran les mateixes facilitats per ser explicats als mitjans de comunicació majoritaris o, ans al contrari, seran ignorats, minimitzats i ningunejats com tot allò que no fa olor a bipartidisme? Ací rau, precisament, el dèficit democràtic de l'Estat espanyol, en que no es deixa créxier l'herba més enllà de la gran coalició PPSOE... sempre sota l'excusa que tot allò que diuen altres no té cap interès (periodístic?, polític?, ideològic?, partidista?).



TRIBUNA: IGNACIO SOTELO (El País)

La mayor deficiencia de la España democrática

El carácter poco democrático de los partidos es el punto en que conecta la España de hace 30 años con la actual: listas cerradas y un sistema electoral proporcional injusto que favorece al bipartidismo y al nacionalismo

A pesar de que la España actual y la que condujo al golpe fallido del 23-F sean tan diferentes, obviamente mucho mejor la de hoy, algunas coincidencias, sin embargo, debieran dar qué pensar. La más llamativa es, sin duda, el grado de descrédito que han alcanzado los respectivos presidentes de Gobierno, Adolfo Suárez y José Luis Rodríguez Zapatero, pero la diferencia más reconfortante es que, pese a que de nuevo se amontonen los juicios catastrofistas sobre la inviabilidad de la economía española, o la desmembración de España, esta vez nadie piensa en una salida que no se acople a la Constitución: la democracia representativa parece por ahora consolidada.

Pese a que la credibilidad de Felipe González se mantuviese tres legislaturas casi impoluta y la de su predecesor, Leopoldo Calvo Sotelo, se derrumbase de resultas del golpe antes de dos años, en realidad, nada tendría de extraño que no se hayan completado dos legislaturas y la confianza en el presidente y en el partido que lo sostiene se deterioren a gran velocidad. Lo mismo le ocurrió a Suárez que en menos de dos años a partir de una enorme popularidad descendió a mínimos, teniendo que enfrentarse a una fuerte hostilidad en su propio partido, en la oposición socialista, en las Fuerzas Armadas, incluso en el Rey al que debía su posición.

Aunque luego probablemente se arrepintiese, Aznar introdujo el precedente que bien hubiera merecido afianzarse, de que habría que limitar a dos legislaturas al presidente de Gobierno. Muchas tensiones y sinsabores se hubiera ahorrado el PSOE, y con él, los españoles, si Rodríguez Zapatero lo hubiera adoptado. Una de las virtudes de la democracia es que sustituye a los gobernantes sin provocar conflictos ni vacíos de poder. Donde esta falla, como ocurre en los partidos políticos, la persona que por su cargo monopoliza el poder suele designar de hecho al sucesor.

Para que el líder no se eternice, manejando las ventajas que proporciona su posición, no son pocos los que recomiendan limitar los periodos, como ya en 1951 prescribió una enmienda a la Constitución en Estados Unidos. En México, en la época de dominio del PRI, el presidente designaba libremente a su sucesor, el dedazo, como hizo Aznar con el suyo, pero con un mandato limitado a un sexenio.

Cierto que no se necesitaría este tipo de recambio automático, si en los partidos funcionase la democracia interna y fuesen los órganos establecidos los que efectivamente, juzgando únicamente sus cualidades, eligiesen a los candidatos. Desde una perspectiva democrática resulta patética la opinión unánime de los directivos del PSOE de que, solo si el presidente renuncia a presentarse, la sucesión se abre, sin que nadie se atreva a valorar la decisión que en la más estricta intimidad y con el mayor secreto tome Rodríguez Zapatero. Felipe González ha señalado lo evidente, que, en todo caso, este comportamiento se salta las normas establecidas.


Está claro el papel de los partidos en el deterioro de los Parlamentos, las universidades y la justicia

El carácter poco democrático de los partidos, para decirlo de la manera menos hiriente posible, es el punto en que más claramente conecta la España de hace 30 años con la actual. Tras la muerte del dictador, fracasado el intento de organizar asociaciones políticas dentro de las estructuras del movimiento, la fracción reformista del franquismo impuso en las Cortes la última Ley Fundamental, la de la Reforma Política, que convirtió a España en una "monarquía parlamentaria" con dos Cámaras elegidas por sufragio universal, única forma de salvar la Monarquía que había instaurado Franco con el propósito de perpetuar su régimen.

Ahora bien, para celebrar elecciones con apariencia de democráticas, se necesitan partidos y tuvieron que improvisarse, uno, la UCD, desde el Gobierno y muchos otros, la llamada sopa de siglas, desde una sociedad civil por completo desarticulada. El único partido de la oposición con algún arraigo social era el comunista, pero por principio, nada democrático en su organización interna, férreamente controlado por su secretario general, Santiago Carrillo. El PSOE renovado estaba aún dando los primeros pasos en su refundación, haciendo encaje de bolillos para que el Gobierno no legalizase al PSOE histórico.

El hecho es que los partidos políticos surgen desde la cúspide, con un déficit democrático que muchos creímos que sería coyuntural -había que garantizar la gobernabilidad, mientras la sociedad se fuera adaptando a la convivencia democrática- pero que ha terminado por ser el factor principal de corrupción en la vida política española de los últimos 30 años. Y a ello ha contribuido de manera decisiva la ley electoral que dictó Adolfo Suárez con el objetivo de asegurarse la mayoría absoluta: listas cerradas y bloqueadas, sistema proporcional con correcciones de tal tamaño que lo desfigura por completo, al ser la provincia el distrito electoral, pero limitando el número de diputados a 350, lo que favorece a las que tienen menos habitantes en relación con las más pobladas. En suma, a nivel nacional, se beneficia a los dos primeros partidos a costa de los demás, y en la provincia a los partidos nacionalistas que con muchos menos votos pueden obtener más escaños que a partir del tercer puesto los partidos nacionales.

La confianza en el presidente y en su partido disminuye a gran velocidad

Con esta ley electoral, que con pequeñas modificaciones sigue en vigor, se llevaron a cabo las primeras elecciones del 15 de junio de 1977. El candidato a la presidencia del partido gubernamental fue el mismo presidente franquista que había dirigido la reforma desde el interior del régimen, sin tener siquiera el detalle de dimitir en el último minuto, como obligó a hacer a sus ministros. El partido gubernamental contó con el apoyo de los medios, la prensa del movimiento y sobre todo de la entonces única cadena de televisión pública, y en las provincias, donde la desarticulación social era aún mayor, el decisivo de los gobernadores civiles.

Con todo, los resultados fueron doblemente sorprendentes: el partido gobernante no consiguió la mayoría absoluta; el segundo partido más votado, no fue el Partido Comunista, sin duda el más arraigado en la sociedad, sino un PSOE recién renovado que parecía traer una brisa democrática rejuvenecedora. En la primera oportunidad que se les dio de manifestarse, los españoles imponen dos correcciones a la reforma oficial: por un lado, las Cortes elegidas se convierten en constitucionales, dispuestas a aprobar una Constitución claramente democrática que suponga el final de la legalidad franquista; por otro, al ser el socialista el primer partido de la oposición, nos libraba de la conjunción del franquismo reformista con el eurocomunismo, y entraba en el juego el PSOE, un partido todavía sin cuajar, pero del que se esperaba un aporte esencial a la democratización de España.

Hoy somos conscientes de que el lastre más pesado que arrastramos son los partidos políticos, totalmente desconectados de los ciudadanos. Ha quedado bien claro su papel en el deterioro de las instituciones, desde los Parlamentos, las universidades, a la justicia y al Poder Judicial, por completo incapaces de enfrentarse, paradójicamente, a los mismos problemas de entonces.

No se puede echar en saco roto las similitudes que se advierten entre los meses que precedieron al golpe y el último año. Si la primera crisis del petróleo puso de manifiesto la fragilidad de la industria surgida en la década anterior, la actual crisis ha puesto en cuestión el modelo productivo, sacándose de la manga una parodia de los Pactos de la Moncloa. Y el desconcierto que provocó en el Ejército el emerger del Estado de las autonomías, sin orden ni concierto, hoy está de nuevo en el ojo de mira de la sociedad española, pero ya no se identifica nacionalismo con izquierda.

Ignacio Sotelo es catedrático de Sociología. Su último libro es El Estado social.

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