17 abr. 2011

VALÈNCIA: EN PERILL L'HEGEMONIA CONSERVADORA?



Tots els valencians ens preguntem si la corrupció que se respira i s'ha respirat, entre els bastidors polítics, acabarà afectant l'hegemonia conservadora popular al front de la Generalitat Valenciana després del 22 de maig: l'atur, l'endeutament autonòmic, Gürtel, el desmantellament de les caixes d'estalvi valencianes, etc. són temes que poden afectar, o no... Per encarar aquestes problemàtiques amb rigor, res millor que polsar l'opinió d'un dels millors analistes valencians de l'actualitat: Enric Juliana.





LA IRREVERÈNCIA per Enric Juliana (La Vanguardia)

Última novedad en la España del 'café para todos': Valencia se ha quedado sin cajas de ahorros | Zapatero y Rajoy pactaron en abril del 2010 un mapa financiero, y en esa Yalta Valencia fue excluida | Gürtel ha desgastado al PP valenciano, pero el PSOE no ganará en doscientos o trescientos años

Los farmacéuticos ya no pueden más y deciden suscribir una póliza de crédito por valor de 80 millones de euros con el Banco de Valencia a la espera de que la Generalitat pague el suministro que les adeuda. Y acuerdan hacerlo público, lo cual no es poco en una Valencia en la que el poder regional es hegemónico en el sentido más español del italiano concepto. En el sentido más asfixiante y eficaz del término.

El teórico de la hegemonía fue el levantino Antonio Gramsci, un joven estudiante de la isla de Cerdeña que despuntó por su inteligencia en el Turín de las escuelas salesianas de Don Bosco y de las primeras huelgas de la Fiat. 1920. Damnificado por un accidente que le impidió crecer como los demás chicos, Gramsci lo leyó todo. Trenzando la gaceta renana de Karl Marx con El príncipe de Maquiavelo y la pasión de Benedetto Croce por la filosofía de la historia, un día llegó a la conclusión de que hegemónico es aquel sistema de poder que el pueblo acaba identificando con el interés general. La parte que consigue hablar en nombre de todos. El más completo príncipe maquiavélico: temido, comprendido y amado. El Gobierno benefactor que libera plusvalías inmobiliarias o devuelve 400 euros a escote en la declaración de la renta.

En Valencia, el príncipe hace tiempo que aplaza el pago de las facturas, razón por la cual la hegemonía levantina comienza a perder esmalte, aunque no lo parezca. Los farmacéuticos levantaron la voz el martes, y el jueves la Generalitat ordenaba un pago urgente. La semana anterior, la Plataforma de Proveedores de la Sanidad Pública Valenciana había rechazado que sus facturas fuesen vendidas a una entidad de crédito supuestamente interesada en tan singular adquisición. No se fían. No se fían, entre otras razones, porque del sistema financiero regional sólo queda en pie la caja de ahorros de Ontinyent. La CAM alicantina va camino del desguace y Bancaja ya está bajo los madrileños dominios de Rodrigo Rato, hacia donde también se dirige el veterano Banco de Valencia, gloria de don Ignasi Villalonga, fundador de la Unió Valencianista Regional y eficaz regente de la Generalitat catalana tras la suspensión de 1935. Valencia se ha quedado sin cajas: demasiados ladrillos, demasiadas hipotecas, demasiados favores a los amigos, más de una, de dos y de tres operaciones inconfesables, y un poder político que no ha estado a la altura. Retengan ese dato de la España del café para todos. Hay señales de descontento en la tierra que hace tres años aún deslumbraba a todos con su brrrmmmmmmm! vigoroso, inmobiliario y desenfadado. Valencia era la ciudad menos melancólica de España. El programa de Vicente Blasco Ibáñez –una Gran Valencia con vocación de Nueva Atenas– parecía realizarse por la vertiente dineraria, urbana y sensual. Esplendor y franquicias. Copa América y circuitos de carreras. Calatrava, Calatrava y más Calatrava. Turismo. Un puerto de primera en El Grao y esos brindis delirantes en las bodas menestrales: ¡Vivan los novios y viva el PAI! (PAI: plan urbanístico de actuación integrada). Primera visita de Benedicto XVI a España (julio del 2006), magníficas ofrendas a la Geperudeta y unos prostíbulos únicos en Europa, con escaleras mecanizadas para los minusválidos (léanlo en el libro España ante sus fantasmas, gran crónica del corresponsal británico Gilles Tremlett). La unidad dialéctica del vicio y la virtud. La tradición, por tanto. El instinto. La exportación. La manufactura sumergida. El tú no me controlas en exceso y yo miro hacia otra parte. La inventiva. La ley a tu medida. Italia en España. El caciquismo de las diputaciones. El cantonalismo de Alicante. La perenne inquietud ante el mundo que cambia y no avisa. El miedo a “ser menos”. El rechazo visceral a la prepotencia de los catalanes. Las ganas de trabajar y la ausencia de subsidios. El agua. La ruta del bakalao y la apoteosis de la especulación. Y ahora, cuando el esmalte empalidece, un malestar difuso que el PSOE será incapaz de interceptar, porque el Partit Socialista del País Valencià –arruinado por sus propios dirigentes– no ganará hasta dentro de unos doscientos o trescientos años.

Hay malestar y hace unas semanas fue la Asociación Valenciana de Empresarios (AVE) la que se encaró con el príncipe que aplaza las facturas. Presidida por el naviero Vicente Boluda, ex presidente del Real Madrid y hoy al frente de la reivindicación del corredor mediterráneo, la asociación AVE exige a populares y socialistas un claro compromiso en favor de la austeridad y el recorte del gasto público. Por primera vez hay signos de tensión entre un poder regional que llegó a creerse omnímodo y un empresariado menos dócil de lo que pueda parecer. A una prudente distancia, Juan Roig, el dueño de la pujante Mercadona. El único dirigente empresarial que en el sanedrín de la Moncloa le ha dicho a José Luis Rodríguez Zapatero que la crisis va para largo y que, de no mediar un milagro, la buena noticia del 2011 consistirá en que el 2012 aún puede ser peor. Un realista. Un vendedor que conoce el humor del pueblo y las tribulaciones del entresuelo primera. Un valencianista con amigos en Catalunya. El homenot del que toda Valencia habla con admiración y respeto. Sin Roig, la falla ya se habría venido abajo.

Valencia es hoy una alfombra. Una alfombra con los bajos a tope. Una alfombra que tapiza el ring sobre el que populares y socialistas se arrean sin descanso a propósito del denominado caso Gürtel, la más profunda endoscopia jamás realizada en el aparato digestivo de la derecha española. Gürtel, palabra de seis letras que cabe perfectamente en cualquier titular (correa en alemán), es hoy sinónimo de valenciano con desparpajo y sin manías. Mangoneo y porte de maniquí. Es interesante la fenomenología del escándalo. La caja de los truenos la abrió el madrileño José Luis Peña, un concejal del Partido Popular en Majadahonda que prefirió hablar antes de verse envuelto en una vorágine que le inquietaba. Un hombre valiente. Una denuncia en los juzgados y Baltasar Garzón al mando de las escuchas telefónicas. Pero en España no todos los tubos digestivos son iguales. La sonda endoscópica avanzó con mayor facilidad en busca de los tumores valencianos que entre los blindajes de Madrid. Centro y periferia; siempre el centro y la periferia. Ágil como una pantera, Esperanza Aguirre vio venir el golpe, cortó una cabeza (el consejero de Deportes, Alberto López Viejo) y desvió la sonda hacia Levante, donde las grabaciones telefónicas ofrecerían un material muy jugoso. Amiguitos del alma y trajes bien entallados.

Francisco Camps, un abogado de Valencia que un día llegó a imaginar que la presidencia del Gobierno español estaba a su alcance, no advirtió lo que se le venía encima. Y es posible que aún no lo haya visto. Hombre de creencias religiosas, sin llegar a los extremos de beatería que algunos le atribuyen, Camps no ha soportado desde el primer día el mal trago que su hijo está pasando en el colegio. Hasta sus más acérrimos enemigos ponen en duda que haya metido la mano en la caja. Lo niega todo desde una defensa primaria. Y negarlo todo no siempre es la mejor táctica política y procesal. Le han hecho un traje a medida: hoy, Gürtel es Camps y su hablar relamido, impertinente y ajeno a las reglas básicas del disimulo. Le aconsejan círculos católicos que han conseguido importantes cotas de influencia en la Comunidad Valenciana, una vez desmontada la red de poder que tejió Eduardo Zaplana. Francisco Camps, conservador católico de provincias que no estaba en política para forrarse y que un día creyó que iba camino de la Moncloa, desafía ahora a Mariano Rajoy en un desesperado intento de salvación. No quiere ser la víctima propiciatoria de una fiesta que no organizó. Quizá la consintió, pero no la organizó. Camps, recordémoslo, fue el valedor de Rajoy en el decisivo congreso de Valencia del Partido Popular. Junio del 2008, con las elecciones generales aún calientes. Un cónclave en el que fracasó la maniobra sindicada por José María Aznar, Esperanza Aguirre, el diario El Mundo y la cadena Cope, para echar al de Pontevedra. Camps fue el sostén de Rajoy. Camps quiso convertirse en la figura emergente del centroderecha. Y en Madrid no se lo han perdonado. Hay que incorporar ese ángulo de visión para acabar de entender lo que está significando el caso Gürtel. Es el último alarde pirotécnico del juez Baltasar Garzón (ahora procesado por ordenar escuchas a los abogados de la defensa); es el deseo del PSOE de destripar el lado más oscuro de la derecha; es un golferío con bigotes que media España ha decidido endosar al característico desenfado de los valencianos, y es un hombre (Camps) entre dos fuegos que volverá a ganar por mayoría absoluta y que muy posiblemente será llamado pronto a juicio. Es el feo problema que Rajoy va aplazando, para tener la última palabra en el momento más adecuado para su estrategia electoral. Es una de las historias más sórdidas de la España en crisis.

En el ínterin, la sociedad valenciana se ha quedado sin cajas de ahorros. Un día habrá que escribir sobre el tratado de Yalta que Zapatero y Rajoy firmaron hace un año, justo una semana antes de que el Directorio Europeo impusiese su ley. Cogieron un mapa de España y dibujaron dos líneas. La primera bajaba desde Asturias en busca del mar a la altura de Alicante, pasando por Extremadura y Castilla- La Mancha. Esa sería la caja-banco del PSOE. La segunda línea unía Valencia, Madrid y Galicia. Ese sería el emporio transversal del PP y Rodrigo Rato. Un conglomerado financiero, radicado en Madrid, capaz de superar a La Caixa catalana. Mapas, mapas, mapas. Esa fue la Yalta de Zapatero y Rajoy. Luego todo se complicó. Los gallegos se rebelaron y el Directorio Europeo endureció la exigencia de garantías. Yalta será redibujada ahora por China y sus banqueros. Mapas. mapas y mapas: Valencia, eslabón débil.

Un orden se ha roto el interior del creativo desorden valenciano. El relato se deshilacha en la Italia de España. El blasquismo entra en fase de caricatura. La asfixiante hegemonía pierde gas. Hay atisbos de reacción. Una nueva generación de dirigentes empresariales, con menos vínculos y dependencias con la Generalitat, está tomando la palabra. Juan Roig controla la retaguardia y el corredor mediterráneo triunfa como metáfora de un nuevo tiempo sin maná urbanístico. El deshielo con Barcelona es sincero los lunes y los miércoles, y meramente simulado o táctico el resto de la semana. El delirio contra TV3 no lo comparte ni alguna gente del PP – en Castellón, especialmente–. Un orden se ha roto en Valencia sin que ello vaya a tener consecuencias políticas inmediatas. Un desfondamiento. Una extrañeza. Cedo el resumen a unas notas tomadas el lunes, en conversación con un empresario agrario y moderadamente regionalista: “Mire, lo que está pasando aquí es una irreverencia”.

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