22 d’oct. 2008

EIX MEDITERRANI: VALÈNCIA-BARCELONA-EUROPA



Enjamai disputeu-vos, germans, vostra corona
les dos podeu ser reines, València i Barcelona
la corbella és un ceptre lo mateix que el trident
Déu, per a que al port tornen les vostres naus lleugeres
i per a que net caiga lo gra en les vostres eres
envia el mateix vent...

Teodor Llorente (1864).-



DOSSIER CULTURAL DEL DIARI LA VANGUÀRDIA DEDICAT A VALÈNCIA, ELS VALENCIANS, I LES RELACIONS AMB CATALUNYA I ELS CATALANS







Cultura
VALENCIA REVISITADA, Enric Juliana

Hay que volver a Valencia. Con la mirada muy atenta, sin prejuicios, sin inercias, hacia la sociedad menos melancólica de España. La crisis económica impondrá grandes reajustes en el cuadro peninsular. Y en el futuro oiremos hablar mucho del eje mediterráneo. Surgirán nuevos intereses y nuevas narraciones. Intentamos anticiparlas

Podría ser uno de esos giros teatrales que tanto gustan a los mediterráneos; podría ser una más de las astucias que periódicamente se despliegan en el tablero peninsular. Podría ser un artificio la leve apertura valenciana hacía el norte. Y aun siendo una calculada ficción o artimaña, sería verdad. Porque hay en ese movimiento, todavía en esbozo, todavía incipiente, todavía provisional, todavía inseguro, un diálogo inquieto con la realidad venidera.
La inquietud valenciana es tan cierta como la perplejidad catalana (dejemos hoy tranquilo el emprenyament).Desde hace meses, los principales dirigentes empresariales del País Valencià o Comunidad Valenciana - doble lenguaje, doble juego, ¿por qué no?-, insisten con gran claridad expositiva en la urgencia del eje o corredor mediterráneo.

Diarios ferozmente anticatalanistas hasta fecha muy reciente, comienzan a publicar cálidas invitaciones a la hermandad y estadísticas muy precisas sobre las muchas mercancías que las empresas catalanas y valencianas se compran y se venden a lo largo del año.

Es un deshielo lento. Tímidamente, muy tímidamente, personas con responsabilidades importantes en la política cultural valenciana se atreven a hablar del catalán y del valenciano como de una misma lengua; una misma lengua que debería tener dos nombres, dos autoridades y dos estándares, dicen. Doble denominación y marca para un mismo idioma, ¿por qué no?

Con mucha cautela se va articulando una cierta apertura valenciana, que podría resumirse de la siguiente manera: nos interesa hacer cosas con los catalanes y creemos que a los catalanes también les interesa hacer cosas con nosotros. Podríamos ser más amigos, pero que no nos hagan pasar por el tubo del catalanismo. Barcelona jamás será nuestra capital. Podemos tener intereses en común, pero cada uno en su casa.

Intereses en común los hay. El eje o corredor mediterráneo es hoy el más evidente de todos. Es un asunto ferroviario. Metálico. Tangible. Y cartográfico. Se trata de construir una línea de tren de ancho europeo que reduzca los tiempos y los costes del transporte de mercancías al inmenso mercado continental. El abaratamiento de estos costes es fundamental para las empresas que logren salir con vida de la actual turbulencia económica. El futuro de la Ford de Almussafes quizá dependa de esa línea ferroviaria, si ya no es demasiado tarde. Ha de ser más rápido y más barato llevar los coches a Europa. Y las motos. Y los tejidos, las naranjas, los zapatos. Y las importaciones orientales. No hace falta mucha imaginación para comprender estos días el calibre de la apuesta.

Tren, cabotaje y carretera. Mayor agilidad en el transporte para consolidar los puertos de Valencia y Barcelona como grandes receptores del tráfico marítimo de China, India y Oriente Medio. Su principal competidor está más al sur: el puerto de Algeciras, situado en el eje vertical que conecta Andalucía con Madrid, y después con Vitoria (la decisiva Y ferroviaria vasca), y después con la Francia atlántica. Mapas, mapas.

Es fácil de entender esta nueva cartografía. Es casi evidente. ¿Por qué ahora las urgencias? Muy sencillo: el colapso del negocio inmobiliario está desvaneciendo la ficción de una Valencia exclusivamente vinculada al Gran Madrid y hostil a Catalunya hasta la eternidad. Ese binomio está hoy tan en crisis como la crisis misma. Es el momento del doble juego y de la doble apuesta. Así están las cosas. Descarnadamente mediterráneas. Deliciosamente mediterráneas.

Por un corredor ferroviario también pueden circular la mercancias culturales. Y las ideas. Un espacio compartido por valencianos y catalanes parece posible. Un espacio con doble juego, con doble lenguaje, con muchos intereses cruzados y con no pocas contradicciones. Un espacio ambiguo. ¿Por qué no?





Una identidad para el siglo XXI
NUEVOS INTERESES, NUEVA NARRACIÓN, Josep Vicent Boira

¿Anticatalanismo en Valencia? Si. Pero coexistiendo con una extraordinaria red de las cajas de ahorro catalanas. Hay que entender Valencia. Valencia se mueve entre la singularidad moderada y la identidad radical

Para una parte de los valencianos, la última gran y buena noticia que recibieron como pueblo debió datar del 24 de abril de 1707. Fue el día anterior a la batalla de Almansa, en la que el reino de Valencia perdió sus libertades (el 11 de septiembre de 1714 valenciano, para los amigos catalanes). A partir de aquí todo, a ojos de muchos, han sido calamidades.

La decadencia del XVIII y la debilidad del XIX se llevó por delante las nociones de orgullo, satisfacción e ilusión de ser valencianos. Negros nubarrones cubrieron nuestra historia y como canta un conocido grupo valenciano, trescientos años se resolvieron en un abrir y cerrar de ojos: "1707, 2007 avui com ahir, el mateix camí, el mateix combat". Ojalá fuera tan fácil.

En una parte de la sociedad valenciana y en su intelectualidad más formada (universidades incluidas), se ha mezclado, sobre todo desde que en 1962 Joan Fuster publicara Nosaltres els valencians,una dosis de sentimiento de resistencia y de inevitabilidad. La cuesta abajo siempre lamina las buenas noticias.

¿Cuándo fue la última gran buena noticia para este mundo (para mi mundo, todo sea dicho)? Las fiestas populares no eran las adecuadas, las tradiciones anticuadas, la vida rural atrasada, los esfuerzos regionalistas vulnerables y donpelayescos y cuando, en la actualidad (cosa que jamás había pasado), 196.849 alumnos estudian en valenciano (no valenciano, sino en valenciano, es decir, un 165% más que hace una década), este mundo (mi mundo), en lugar de transmitir a la sociedad la energía del orgullo, siempre encuentra la, por otra parte innegable, piedra en el camino que arruina la fiesta. ¡Somos así!, se dice. Pero en realidad, ¿somos los valencianos así? Siempre fuimos más comedidos, más mediterráneos.

Hasta que Joan Fuster definió en su libro una forma (la forma) de ser valencianos: Nosaltres (som, debió añadir) els valencians. Me apresuro a pedir excusas: el de Sueca no tuvo toda la responsabilidad de lo que vendría. Él se limitó a esbozar una teoría mediante un magnífico ensayo. El problema vino cuando aquella se convirtió en ideología.

A partir de ese momento, las cosas fueron diferentes. Para transformar la sociedad, había que separarse de ella. O crear una nueva. Se rechazó lo anterior y lo presente. Y con ello, se arriesgó mucho. De haber prosperado, se hubiera tendido a restablecer una especie de armonía perdida (la sociedad valenciana de los siglos XIII al XV, aunque a la vista de lo ocurrido en Catalunya, podemos dudarlo), pero si se fracasaba, se caería en lo peor que le puede pasar a una sociedad: su división. Deslavazada, con una formadísima clase de profesores y profesionales, con una base popular un poco desnortada aunque terca en su defensa de la singularidad propia a través de fiestas y tradiciones, y una clase empresarial self-made,la sociedad valenciana ha ido modernizándose en lo económico y en lo urbano.

Y así nos encontró la democracia y la transición al siglo XXI. Y de repente, alguien se dio cuenta de que lo que los valencianos necesitaban eran buenas noticias, horizontes, metas que conseguir, no juicios que emprender. Juzgar la política valenciana de hoy a través del humo de los cañones de la llanura de Almansa es como hablar de la elección entre Obama y McCain al amparo de los muertos de la batalla de Gettysburg. No nos extrañe que alguien, más espabilado, haya acertado con la fórmula.

Uno se cansa de no tener nada de lo que enorgullecerse desde la construcción de la lonja de Valencia en el siglo XV. No nos sirve que hoy la industria valenciana mantenga todavía su deshilachada bandera enhiesta con lo que ha llovido (y como la de azulejos y esmaltes de Castellón sea punta de lanza de la internacionalización), ni que sean empresas valencianas las que lideren el sector de la distribución alimentaria en España, ni que las cooperativas valencianas sean las más dinámicas, ni que sea el País Valenciano (y Catalunya) quien protagonice la creación de empresas spin-off a partir de las universidades, ni que el puerto de Valencia triunfe en Asia, ni que las dos universidades de Valencia- València-Estudi General y Politècnica- sean la cuarta y quinta respectivamente de España en calidad.

No basta que la conurbación Alicante-Elx combine cultura (El misteri d´Elx es patrimonio oral universal, en lengua propia además), turismo e industria a partes iguales y cuente con un aeropuerto de diez millones de viajeros. No basta que sean valencianohablantes los principales consumidores de cultura y formadores de ideas de este país. No basta que los valencianos, según datos del 2007 de la Fundación Bertelsmann, sean los más identificados con el proyecto europeo (¡a cinco puntos de la segunda comunidad más europeísta: ¡Catalunya!).

La narrativa de siempre nos dice que todo esto son cortinas de humo y que en esencia, nada ha cambiado desde 1707. Don Pelayo revivido gobierna en el Palau de la Generalitat de la hermosísima e italianizante plaza de la Virgen de Valencia. Pero tal vez las cortinas de humo sean otras: el anticatalanismo, tan utilizado por algunos para resistir, es, en realidad, una cierta commedia dell´arte (a excepción de los inevitables hooligans) que debe ser entendida en su justa medida.

La realidad es que una empresa catalanísima como La Caixa aumentó su volumen de negocios en el 2007 en tierras valencianas un 16% ¿Anticatalanismo empapando las calles valencianas con 706.775 clientes y 496 oficinas? ¿Boicot global al cava frente al dato de que la red de oficinas de Caixa Catalunya sólo en la provincia de Alicante supera a la de Caja Madrid? Hay que comprender a la sociedad valenciana. Hoy en día, el nacionalismo intelectual y político sigue con el mismo error que el fino Julio Camba atribuía a la política española en 1907: "Ya se sabe que no son los electores quienes eligen a los candidatos, sino los candidatos quienes eligen a los electores". Poco más o menos lo que ha pasado en Valencia desde 1962.

A los nacionalistas se les debería explicar cómo respondió Adlai Stevenson, candidato demócrata contrincante de Dwight Eisnehower, a una mujer que le aseguró que toda persona inteligente le votaría. "Mi querida señora - contestó-, eso no es suficiente. Necesito una mayoría". Pero el error narrativo es general. La derecha se ha empeñado en utilizar la valencianidad como arma de ataque y defensa (no legítima, por cierto): "Demos con la valencianidad en la cabeza a los rebeldes".

En realidad, el uso bélico de la valencianidad oculta la crisis de su identidad real, anclada demasiadas veces en una forma obsoleta de entender esta singularidad e incapaz de integrar realidades como la lealtad de un sector importante de valencianos por su lengua, la producción de alta cultura en ella, así como de afrontar la relación privilegiada con Catalunya (incluso en el campo de la lengua común).

Así pues, ambas partes deben proceder a un inmediato reacomodo de posiciones, más urgente cuanto más agobie la crisis (economía e identidad van más ligadas de lo que se piensa). Los valencianos necesitamos una nueva narrativa que aprenda de nuestros errores y sepa integrar las realidades del presente. No existe ninguna armonía perdida a la que regresar: ni el nacionalismo puede volver al país hanseático del siglo XV, ni la derecha a los huertos de naranjos del XX.

Los valencianos necesitamos nuevos horizontes. Mirar alto y afuera. Teodor Llorente y Joan Fuster nos hicieron reconocer nuestras entrañas. Son ahora los pulmones quienes deberían funcionar. Tomar aire fresco, reconocer nuevas realidades e integrarlas en una forma decente y coherente de ser valencianos. Ni el olmo de la derecha dará peras, ni el peral del nacionalismo cultural y político producirá las pequeñas frutas del olmo. Eso deberíamos saberlo ya. Como Ponce de León, deberíamos buscar la fuente de la eterna juventud, pero no para vivir siempre, sino para renacer. Visita breve y puntual que cada cierto tiempo las sociedades deberían practicar.

Joan Fuster quiso matar la tradición para renacer y hasta cierto punto lo logró. Medio siglo después, habría que proponer la misma metodología. Toda sociedad necesita una narración, una guía breve y concisa que le explique su propia existencia y el entorno que la envuelve. Ahora estamos en condiciones de construirla, no extrañamente cuando la crisis económica aprieta. Para ello, no necesitamos grandes ni brillantes ideas. Sólo un poco de imaginación y sentido común.

El president Pujol ha propuesto en un editorial de su Centre d´Estudis las bases de una reacción ante la perplejidad de la sociedad catalana: confianza, ilusión, ambición y autoestima. Lo que necesitamos aquí también. Y cohesión, añadiría. Ante la crisis, se debe reconstruir un pilar firme de cohesión: gobierno, universidades, cultura y empresa. Una nueva frontera interior que cohesionar. Aventura apasionante.

En lo concreto, la valenciana siempre ha sido una sociedad que se ha movido sobre dos carriles de diferente tensión: el primero tiene que ver con sus rasgos propios y se mueve entre la singularidad moderada y la identidad radical: el otro tiene que ver con su papel en España, moviéndose entre la percepción de marginación del poder central (patente incluso en la derecha) y el expolio fiscal. Sobre estos dos carriles ha circulado, circula y circulará la pulsión emocional de los valencianos. La fuerza política que no articule su discurso sobre ambos, descarrilará. No entender esto es no entender a los valencianos. El centroderecha ha sabido interpretar a la perfección esta realidad y ha construido un enorme poder de aire regionalista, un poco agotado, eso sí.

Con circunstancias cambiantes, puede darse otra combinación de los mismos elementos con otras fuerzas políticas. La globalización selectiva que nos rodea impulsa nuevos pensamientos estratégicos en los que catalanes y valencianos tenemos cosas que decir, por separado y también juntos. Sin tutelas, condescendencias o resquemores. No perdamos de vista la clarividencia de quien en el pasado ya avisó: "Enjamai disputeu-vos, germans, vostra corona/ les dos podeu ser reines, València i Barcelona/ la corbella és un ceptre lo mateix que el trident/ Déu, per a que al port tornen les vostres naus lleugeres/ i per a que net caiga lo gra en les vostres eres/ envia el mateix vent". Versos del valenciano Teodor Llorente, padre de la Renaixença, un lejano 1864 de exquisita actualidad.




Encuesta. Catorce personalidades del mundo de la economía, la cultura, el periodismo y la política analizan el legado del escritor y ensayista de Sueca autor de 'Nosaltres els valencians'
¿QUÉ QUEDA DE JOAN FUSTER?, Salvador Enguix


Durante décadas, la figura totémica de Joan Fuster, más aún su pensamiento, su visión política y sus reflexiones en torno a la historia del País Valenciano, con su Nosaltres els valencians como texto fundacional indiscutible del debate identitario, fueron objeto de una polémica apasionada, y también violenta, hasta el intento de asesinato del ensayista de Sueca por la ultraderecha mediante una bomba en su casa (1981).

En 1991, tras años de silencio, Fuster, que había colaborado con La Vanguardia durante quince años -"gracias a este diario no tuve problemas económicos durante años", gustaba de recordar-, aceptó romper su silencio concediendo una entrevista a este periódico en la que él mismo cuestionaba muchos de sus postulados y mostraba un profundo escepticismo sobre el futuro de su país.

Coincidiendo con su muerte, en 1992, el debate fusteriano comenzó a desaparecer de los ámbitos político y social; y la revisión y el análisis de su pensamiento quedó casi reducido al ámbito académico. Cultura/s ha querido acudir a catorce personalidades del mundo de la economía, la política, la cultura y la historia de Valencia y Catalunya, para, con dos preguntas, testar qué legado ha dejado la obra del que nadie duda ha sido el pensador más brillante de la cultura catalana y valenciana contemporánea.

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Dos preguntas

1 ¿Cuál fue para usted la aportación más destacada al debate valenciano del ensayista Joan Fuster?

2 ¿Cree usted que algunas ideas o presupuestos ideológicos de Fuster sobre la sociedad valenciana siguen vigentes en la actualidad? ¿Y cuáles han caducado o estaban equivocados?

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JOAN FRANCESC MIRA
Escritor, ensayista, sociólogo y premio Sant Jordi (1991).

1. El debate valenciano,antes de la intervención decisiva de Fuster, en realidad no existía, o no era tal debate. Por lo menos de manera solvente y con fundamento, y mucho menos como cuestión nacional que tuviera una repercusión pública. Es Fuster, y en primer lugar Nosaltres els valencians,de 1962, quien plantea de manera racional y formal una interpretación moderna del sentido de la historia valenciana, de las posibilidades del presente, y del marco de adscripción nacional.
2. Fuster pensó, interpretó y escribió desde un concepto de nación según el cual la historia, la lengua y la cultura podían determinar el sentido político del presente. La conciencia nacional de los valencianos sería, por tanto, resultado de una toma de conciencia de su catalanidad. Cosa que no ha resultado, en los hechos, tal como quizá cabía esperar hace cuarenta años. Por otra parte, los historiadores, economistas o sociólogos han podido llenar muchos huecos que condicionaban la visión fusteriana en 1960; Fuster mismo, treinta años después, también hubiera escrito otras cosas, o de otra manera.

ANTONI FURIÓ
Catedrático de Historia Medieval, investigador de la obra de Fuster y director de publicaciones de la Universitat de València.

1. El propósito de Fuster, como él mismo confiesa en una entrevista a Josep Pla, era el de ayudar a la formación de unos cuantos equipos de intelectuales y de no intelectuales capaces de remover, o al menos de intentarlo, esta sociedad en perpetua somnolencia digestiva. Y vaya si lo consiguió. Lo uno y lo otro. El formar intelectuales comprometidos con su país y sus gentes.
2. Se le ha criticado mucho por cuestiones anecdóticas (básicamente por no ser populista, pero si lo hubiera sido no habría sido Fuster) y por el escaso predicamento de sus postulados entre sus paisanos. No estoy de acuerdo. Fuster no ofrece tanto postulados como diagnósticos, y estos, me temo, siguen dolorosamente vigentes en la actualidad. Con la cómoda mayoría de la derecha, la cultura de los grandes eventos y grandes obras de escaparate, la sociedad valenciana me parece más conformista y autosatisfecha, autocomplaciente, que nunca. Su mayor error quizá fue creer que los intelectuales, las ideas, la razón, podían cambiar el mundo.

ESTEBAN GONZÁLEZ PONS
Vicesecretario de comunicación del PP y ex conseller de Cultura i Educació de la Generalitat valenciana.

1. En mi opinión, la principal aportación de Fuster al debate valenciano ha sido la de convertir al pueblo valenciano en objeto de pensamiento. Hasta la publicación de Nosaltres els valencians,salvo algún fleco del blasquismo, nadie se había atrevido a teorizar sobre qué somos los valencianos. Fuster se atreve con este reto, y con ello generó un intenso debate en la sociedad valenciana que facilitó la toma de posiciones desde diferentes posturas ideológicas en torno al hecho valenciano.
2. Yo creo que la sociedad valenciana nunca se vio reflejada en la construcción teórica de Fuster. Ni entonces, ni ahora. El fusterianismo ha tenido una notable aceptación en reducidos ambientes intelectuales y políticos, pero la realidad es que, convocatoria electoral tras convocatoria electoral, quienes llevan por bandera el fusterianismo político ven reducido su apoyo social a favor de otras opciones, como el Partido Popular, que plantean una visión más cercana a la realidad valenciana.

FRANCESC-MARC ÁLVARO
Columnista de La Vanguardia,ensayista y profesor de la Universitat Ramon Llull.

1. Acertó a identificar la mentalidad de sucursal como el gran lastre de las clases dirigentes, pero erró al excluir de su propuesta regeneradora el poso popular y tradicional que, sobre todo en la ciudad de Valencia, articula voluntades y sentimientos colectivos. El valencianismo democrático todavía paga hoy este desenfoque que, en el plano político, contribuyó a su marginación.
2. El País Valenciano que analizó Fuster ya no existe en términos económicos y sociales. Se ha convertido en una autonomía pujante con gran sentido de autoestima, animada a competir en el tablero ibérico. En términos políticos, han desaparecido el provincianismo resentido y el complejo de inferioridad que, según Fuster, pesaban tanto. Hoy impera un autonomismo tecnocrático que trata de influir en Madrid -y lo logra- y un orgullo marca que sirve para reclamar más recursos del Estado o para ensayar una interlocución nueva con Catalunya, a partir de la confluencia de intereses materiales.

FEDERICO FÉLIX
Empresario, presidente de la Fundación Pro AVEy de Fedacova (Federación Empresarial de Agroalimentación de la Comunidad Valenciana).

1. Fueron varias las aportaciones destacadas de Fuster al debate valenciano, que le obligaron a soportar las iras y el desprecio, incluso con actos violentos, de aquellos que no estaban de acuerdo con sus tesis. Fuster abrió un debate nuevo, en el que abordó cuestiones sobre las que nunca había habido una reflexión previa, en torno a la identidad de los valencianos, su cultura, su lengua, su historia.
2. Algunas ideas y presupuestos ideológicos siguen vigentes, aunque se abordan y analizan principalmente en el ámbito académico. Pero quizá la excesiva dependencia de Catalunya, donde por cierto recibió buen trato, tal vez no le han ayudado a ser bien entendido por una parte de los valencianos. Para muchos, Fuster fue un referente de catalanidad, y eso no ayudó a que su mensaje se debatiera de una manera reposada.

ANTONI PUIGVERD
Escritor y columnista de La Vanguardia.

1. Haber recompuesto intelectualmente la esfera valenciana es su principal aportación. La potente valencianidad actual, no sólo la pancatalanista, también la azul,es, en el fondo, heredera de Fuster. La autoestima valenciana tiene un fundamento económico, cierto: ¿pero existiría si Fuster no hubiera descrito el objeto del deseo? Personaje ejemplar: en la soledad de su casa abarrotada de libros y legajos, entregado a la pasión de explicar la esfera valenciana. Obsesionado y distante a la vez: Montaigne de Sueca.
2. Con Nosaltres els valencians renació (repito: renació) la valencianidad. Y nació (repito: nació) esta idea, tan discutible, de los Països Catalans, es decir: que Valencia y Catalunya son dos partes de un todo, y que Valencia debe mirar a Barcelona, pues Madrid provincianiza. Pero es discutible en sus deducciones. Lo peor del fusterianismo son sus epígonos políticos, que lo han convertido en dogma incapaces de actualizarlo ahora que Valencia se ha convertido en eje de conexión mediterránea y peninsular.

PAU VICIANO
Doctor en Historia Medieval, periodista, columnista de El Temps.

1. El mérito de Fuster es iniciar un debate crítico que hizo atractiva la cuestión valenciana a un (relativamente) amplio sector progresista emergente. Gracias a Fuster el País Valenciano se puso en la agenda pública, y no quedó abandonado al reducto regionalista y folklórico (en el mal sentido de la palabra). Esto exigía resituar el país en su marco cultural e histórico: los Países Catalanes, que Fuster no entendía como un proyecto político inmediato, sino más como un espacio de una cultura nacional en construcción.
2. Su análisis y sobre todo sus propuestas tienen plena vigencia: la supervivencia del País Valenciano, con sus características identitarias en evolución, pero con unos referentes de continuidad histórica, pasa por la integración en un espacio de cultura, de comunicación y económico compartido con Catalunya y las islas Baleares, es decir, pasa por los Países Catalanes, con este nombre o con otro, a un ritmo más rápido o más lento.

VICENT SANCHÍS
Periodista, presidente del consejo editorial del diario Avui.

1. La figura de Joan Fuster significó para el País Valenciano un baño inesperado de solvencia intelectual, homologación con la producción literaria europea y un revulsivo crítico para cerebros y estómagos adormecidos por el franquismo. Centrándonos en su producción sobre lo que podríamos denominar hecho valenciano,Fuster rompió todos los esquemas del provincianismo secular con análisis profundamente documentados y propuestas atrevidas.
2. Los análisis de Fuster sobre los orígenes, historia y decadencia del País Valenciano continúan vigentes. En cambio, algunas de sus propuestas y, sobre todo, algunas interpretaciones que se han hecho sobre su concepto de Países Catalanes, han quedado desbordadas; en dirección opuesta. Fuster, que quería pasar por escéptico, era excesivamente entusiasta y sentimental. La realidad era y es mucho más dura. Es obvio que hacen falta nuevas revisiones e interpretaciones.

ALFRED MONDRIA
Profesor, escritor y crítico literario.

1. Cuando Fuster decide escribir en catalán en los años cuarenta descubre que el país que él imagina no existe, y se ve obligado a teorizar sobre la nación de los valencianos. De este contraste surge un buen escritor y un ideólogo confuso: de un activismo muy realista en sus inicios, elaboró, en cambio, un proyecto esencialista e imposible de Països Catalans; fue marxista - en sus más variadas gamas-, liberal o pragmático según las circunstancias. Como los intelectuales más ideologizados, con escaso instinto político, sobre todo para prever la reacción anticatalanista.
2. Del profético "País Valencià serà d´esquerres o no serà" ya se ve lo que queda, pero Fuster nos recordó a los valencianos la importancia de la identidad, y las inquietudes lingüísticas y culturales surgen de su irrupción pública. Otra cosa es el lenguaje y las consignas que utilizó. Su biografía - del entusiasmo al desencanto y la acritud- demuestra que, por muy encerrado que estuviera en sus postulados, sabía que la realidad era muy diferente de lo que había previsto.

JOAN ROMERO
Catedrático de Geografía Humana de la Universitat de València y ex secretario general del PSPV-PSOE

1. Su mayor virtud fue sin duda su gran capacidad para sugerir y movilizar a centenares de intelectuales y estudiosos comprometidos y que se sienten concernidos con los problemas y con los cambios de su país y de su tiempo. Probablemente La vía valenciana de Ernest Lluch no se habría escrito de no haberse publicado catorce años antes Nosaltres els valencians.
2. Personalmente me quedo con la valoración que en su día hizo el propio Lluch de Nosaltres els valencians cuando escribió que ese libro separaba la historia de nuestra prehistoria. En cualquier caso, Fuster es muchísimo más que eso, y pese al afán desmedido de algunos de sus detractores por desmerecer su obra y su talla intelectual, Fuster sigue siendo un referente moral ineludible y un ejemplo de compromiso para muchos.

JOSÉ MIGUEL IRIBAS
Sociólogo y urbanista.

1. Obviamente su decisiva contribución al despertar de una conciencia nacional valenciana, así como su intento de definir un sistema de articulación del territorio a partir de sus atributos y características específicos. Esta maniobra, plausible y necesaria, tuvo efectos contrarios a los deseados, pues despertó del sueño a la derecha valenciana, que se alineó furibundamente contra las posiciones de Fuster, lo que ha derivado en una fobia hacia cualquier tentativa de aproximación hacia Catalunya.
2. Al margen de su ingenio y agudeza, Fuster construyó un imaginario territorial a partir de una vehemente afirmación del presente agrario e industrial, que eludía cualquier complacencia hacia el terciario, especialmente en lo que se refiere al sector turístico. Era un intelectual de escaso vuelo cosmopolita y de discutible visión de futuro, cuyos anatemas hacia los sectores productivos emergentes han propiciado la demonización de actividades económicas que han resultado cruciales para el desarrollo valenciano.

JORDI PALAFOX
Catedrático de Economía de la Universitat de València.

1. Sin duda la creación del propio debate. Parafraseando lo que escribió Jean Daniel sobre la izquierda francesa, los valencianos sabíamos que existíamos pero no sabíamos lo que éramos. La obra de Fuster y su activismo cívico impulsó la cristalización de esa percepción, por más que no fuera la que imaginó. Al mismo tiempo, difundió un cosmopolitismo intelectual desgraciadamente hoy desaparecido en la sociedad valenciana.
2. Algunos de quienes más dicen admirarlo han convertido sus escritos en una especie de sagradas escrituras de la identidad de los valencianos. Lo cual ha momificado su pensamiento. Desde ese punto de vista, ante el avance de nuestros conocimientos y el progreso social, sus postulados tienen una validez limitada. Pero sus intuiciones y, sobre todo, su actitud vital en la defensa de nuestra identidad colectiva, siguen completamente vigentes.


FERRAN ARCHILES
Profesor de Historia Contemporánea, escritor y ensayista.

1. La principal aportación de Fuster fue ofrecer a la sociedad valenciana una manera nueva de imaginar su identidad. Nadie como él contribuyó a plantear una crítica a un regionalismo conformista y autosatisfecho. Algo que hizo en un contexto especialmente complejo como el de los años de la dictadura franquista. Además, elaboró sus posiciones sobre una enorme cantidad de trabajos, académicos y ensayísticos, que sentaron las bases para una interpretación que alimentó las reflexiones de historiadores, economistas, sociólogos...
2. La sociedad valenciana en la que y para la cual pensó Fuster es muy diferente a la actual. Con todo, Fuster planteó preguntas que siguen vigentes, mucho más que, tal vez, sus respuestas. Su alerta permanente ante el nacionalismo español y sus efectos negadores de la diferencia sigue siendo una cuestión importante. El fracaso social de su planteamiento político es un hecho (en la derecha valenciana, pero también en la izquierda, aunque a veces disimule), y en parte estaba implícito en sus propias propuestas, que se alejaban de las percepciones de muchos valencianos.

RAFA COMPANY
Técnico de Cultura de la Diputación de Valencia, coautor de Document 88.

1. La aportación fusteriana por excelencia fue imaginar la sociedad valenciana en términos modernizadores y contundentemente divergentes con el regionalismo españolista vigente durante el franquismo, aunque lo hiciera de manera que se segaba la hierba bajo los pies del mismo proyecto que se auspiciaba: la propuesta de definir a los valencianos como un componente de los Països Catalans.
2. Las principales propuestas de cuño fusteriano, que, desde mi punto de vista, se han convertido en inasumibles para la mayoría de la sociedad valenciana, son: el concepto de Països Catalans; el uso exclusivo, en ámbitos diferentes al mundo educativo, de la denominación llengua catalana para referirse al idioma; y la posibilidad de sustitución de la actual bandera oficial autonómica, la senyera con franja azul, por la senyera sin esta característica.



La literatura valenciana, hoy
NARANJAS, Julià Guillamón


Los que escriben en catalán miran hacia Barcelona; quienes lo hacen en castellano se dirigen hacia Madrid

En el año 2002, Quaderns Crema publicó una novela de Santiago Forné (nacido en Castellón en 1959), La dona infidel.En las primeras páginas, la protagonista, hija de un escritor, recibe una oferta de una editorial de Barcelona: "El treball a l´editorial era agradable i estava molt ben pagat. Barcelona era un bon lloc proper a València, i en qualsevol cas res no m´impedia renunciar i tornar si les coses no m´anaven bé".


Un buen lugar cerca de Valencia es una manera bastante curiosa de denominar a la ciudad de Barcelona, y en aquel momento me dio qué pensar: "Quizás estemos viviendo un final de ciclo. Alo mejor estamos a punto de asistir a la aparición de una literatura al margen del discurso pancatalanista, una literatura que afronte las relaciones catalano-valencianas desde un pragmatismo resignado".

Ha habido algún que otro signo premonitorio. Cuando en el 2003 Joan F. Mira obtuvo el premio Sant Jordi por su novela Purgatori,la librería Proa Espais llenó un escaparate de naranjas. Era una manera de decirle al lector que iba a leer una novela valenciana, sin implicaciones políticas o nacionalistas.

Una novela para el público general, que una vez al año compra el premio Sant Jordi y que no se siente especialmente implicado en la idea de los Països Catalans.

La literatura escrita en el País Valencià ha aportado una serie de valores propios a un imaginario común. En los años setenta se desarrolló en una doble dirección: la novela del retorno y la recuperación de las raíces. Eran los primeros tiempos de la editorial Tres i Quatre. Libros como El bou de foc y Els cucs de seda de Joan F. Mira o Rondalla del retorn de Josep Piera abrían una línea analítica, próxima a la literatura del yo, que en el caso de Mira lleva a una gran novela de madurez, El desig dels dies, y que en Piera deriva hacia la escritura de dietarios y cuadernos de viaje.

Paralelamente, la literatura experimental: Amadeu Fabregat, Isa Tròlec, Josep Lluís Seguí, Ferran Cremades y Lluís Fernández. Con Crim de germania de Josep Lozano se abre la vía de la novela histórica que examina episodios de la historia valenciana, siguiendo las pautas marcadas por Fuster en Heretgies, revoltes i sermons o Poetes, moriscos i capellans.

La expulsión de los moriscos aparece como un momento clave. Se produce una identificación entre el escritor que escribe en catalán y los poetas del oriente de Al Ándalus, condenados al exilio. A principios de los años ochenta aparece el fenómeno de Ferran Torrent que, siguiendo el camino trazado por Josep Lluís Seguí y Josep Piera, da el salto a Barcelona y desarrolla una novela de entretenimiento de gran calidad. Torrent es una excepción en la literatura catalana, por su naturalidad, su apertura temática y la capacidad de crear una geografía imaginaria. Sus novelas policiacas reflejan el desencanto de la generación progre y el triunfo de una nueva clase de políticos y empresarios, en la época del PP.

En los últimos años la ciudad de Valencia se ha convertido en materia literaria. Mira le dedica dos novelas. Els treballs perduts, publicada en 1989, es una recreación posmoderna de los trabajos de Hércules. Purgatori,un recorrido por su ensanche, a partir de La Divina Comedia. Torrent da un giro espectacular a su obra con Gràcies per la propina, una biografía de ficción que reconstruye la infancia y adolescencia (se publica el mismo año que Tranvía a la Malvarrosa de Manuel Vicent, con la que guarda algunas similitudes), y vuelve a sorprender con la serie de novelas dedicadas al empresario Juan Loris, que toman como modelo Tot un home de Tom Wolfe.

Lluís Fernández, que en los años setenta publicó una novela que todavía aguanta -L´anarquista nu-,publicó en castellano Una prudente distancia,una divertida sátira sobre el bipartidismo. La aparición de Bromera supuso la introducción de una nueva línea editorial, dirigida al lector medio, con traducciones de autores como Naguib Mahfuz u Orhan Pamuk, libros ilustrados sobre los Borja, Sant Vicenç Ferrer o Blasco Ibáñez, y novelas de actualidad de Isabel-Clara Simó y Ferran Torrent. Una de sus aportaciones más sólidas es la colección Textures, en la que se han publicado dietarios y artículos de Vicent Alonso, Josep Iborra y Toni Mollà.

En los últimos años, la singularidad valenciana tiene, en narrativa, tres nombres propios: Martí Domínguez, Víctor Labrado y Manuel Baixauli, que publican habitualmente en editoriales de Barcelona. Les confidències del comte Buffon de Martí Domínguez es, junto a Crim de germania y Els treballs perduts,una de las novelas de referencia. Quan anàvem a l´estraperlo, de Labrador,es una estilización de la novela de posguerra, mientras que L´home manuscrit de Baixauli se presenta en un punto equidistante entre la narrativa experimental y la prosa de no ficción. Se podría añadir al grupo Els secrets de Meissen de Josep Palomero, que es también una estilización del relato histórico. Domínguez apunta la posibilidad de una novela cosmopolita, fácilmente exportable, Baixauli disecciona el papel del escritor en el mundo de hoy a través de una fábula de extinción.

La literatura no entiende de pactos políticos y estrategias económicas. Tradicionalmente los autores valencianos que escriben en catalán miran hacia Barcelona, mientras que los que utilizan el castellano (Manuel Vicent, Juan José Millás, Vicente Molina Foix) dirigen su carrera hacia Madrid: dos mundos culturalmente distantes e incomunicados. Existe en cambio una continuidad entre los poetas catalanes -Marc Granell, Josep Piera, Enric Sòria- y los que se sirven del castellano -Francisco Brines, Jaime Siles, Guillermo Carnero-. La ruptura del vínculo entre literatura y territorio y la movilidad de los creadores (Pilar Pedraza, Susana Fortes o Laura Gallego viven en el País Valencià) aporta un nuevo factor. La existencia de un imaginario común y de unas relaciones culturales y editoriales que se basan en el legado de Fuster sigue siendo un factor clave, a pesar de las naranjas.




Urbanismo y arquitectura en Valencia
EL MONOCULTIVO CALATRAVA, Llàtzer Moix


Una apuesta tan activa por la Ciutat de les Arts estrangula, por pasiva, muchas otras iniciativas

La imagen distintiva de Valencia capital tiene hoy nombre propio: el del arquitecto, ingeniero y escultor Santiago Calatrava. Sus edificios en la Ciutat de les Arts i les Ciències son la imagen de marca de la ciudad. Ni Micalet ni Lonja gótica ni fallera con paella: la postal de Valencia la sirve la arquitectura orgánica, huesuda, blanca, monumental, escultórica y expansiva de Calatrava sobre el viejo cauce del Turia. Del monocultivo del cítrico, Valencia parece haber pasado al monocultivo Calatrava.

La apuesta de Valencia en la batalla de las ciudades del siglo XXI pasa por convertirse en un escenario capaz de atraer la atención planetaria, ya sea como sede de la Copa América, de la fórmula 1 o de un torneo tenístico bendecido por la ATP. (La Feria del Mueble abrió en su día algunas ventanas, pero sus vistas eran limitadas).

Eventos de estas dimensiones operan como anuncios publicitarios que, televisión e internet mediante, impactan en todo el globo. Sus inconvenientes son que generan altos costes y que se producen de tarde en tarde. Por ello, Valencia emprendió el diseño de una atracción propia y estable: la actual Ciutat de les Arts i les Ciències. Esa atracción ha resultado también onerosa, pero ha crecido sin reparar en gastos durante años de bonanza para el sector inmobiliario; y sigue creciendo en un presente de crisis.

Las prioridades urbanísticas de Valencia en los primeros años de la democracia, tras la desidia y los destrozos del tardofranquismo, se situaban en dos ejes cruzados: el antiguo lecho del Turia, que atraviesa la capital, y la zona de costa. Se trataba de suturar la herida que dejó el desvío del río tras las inundaciones de 1957, y de evitar que la especulación arruinara más la línea costera. Aquí nos ocuparemos del eje fluvial.

El primer encargado de coser las dos valencias separadas por un caudal ausente fue el arquitecto barcelonés Ricardo Bofill, que presentó un proyecto de jardín unitario para el tramo ciudadano del Turia. Construcciones neoclásicas, avenidas, parterres y arboledas de naranjos, pinos, cipreses u olivos integraban un manto, con ecos de los jardines de Russafa, que oxigenaba el cauce y lo transformaba en área de paseo y descanso... Pero, finalmente, el proyecto de Bofill no se consumó. Se quedó en algunas acciones aisladas.

Por aquella época -primera mitad de los años 80-, el valenciano Calatrava empezaba a despuntar. Había llamado la atención con el puente de Bac de Roda, en Barcelona; o con la estación de Stadelhofen, en Zurich. Responsables del urbanismo municipal valenciano le solicitaron una primera obra, el puente Nou d´Octubre. Luego vendrían más. Muchas más. En especial, a partir del momento en que la Generalitat valenciana le confió el diseño de la entonces llamada Ciutat de les Ciències, siempre sobre el viejo Turia, en su extremo urbano, allí donde el camino de las Moreres conducía hacia el puerto por una zona degradada y marginal. Valencia no iba a apostar por el relax bofilliano, sino por la expresión calatravesca.

A finales de 1991 se constituyó Vacico - València Ciència i Comunicacions-, entidad encargada de impulsar la Ciutat de les Ciències. Su primer proyecto arquitectónico, obra ya de Calatrava, incluía una torre de comunicaciones (de 382 metros de altura), el Hemisfèric (con su planetario y su cine imax) y el Museu de la Ciència. El gobierno autonómico se dio cuenta de que Barcelona, Sevilla y Madrid habían tomado el tren de 1992, año de la gran promoción internacional española, y que Valencia se había quedado en el andén. La Ciutat de les Ciències, con un acento científico y tecnológico, era su manera de decir que Valencia seguía en la carrera del futuro.

Pero cuando el Partido Popular se hizo con la Generalitat, en 1995, la Ciutat de les Ciències peligró. El PP no tenía interés en desarrollar un proyecto asociado a la etapa socialista. Alguno de sus dirigentes afirmó que gastarse 50.000 millones de pesetas de la época en aquello era un despropósito. Sin embargo, dos factores acudieron en auxilio de la Ciutat. Por una parte, algunas obras estaban contratadas, las empresas adjudicatarias dijeron no querer sufrir lucro cesante y los cimientos de la torre de comunicaciones habían engullido ya un dineral. Por otra, Calatrava desplegó su poder de seducción, convenciendo a los populares para seguir adelante con la Ciutat, eliminando la torre de comunicaciones -al parecer, un bibelot demasiado socialista- y sustituyéndola por un Palau de las Arts.

Esta modificación tuvo dos efectos: hizo oscilar el perfil de la Ciutat hacia el ámbito del espectáculo, que en adelante se rebautizó como Ciutat de les Arts i les Ciències (CAC), y consolidó y ensanchó la autonomía de Calatrava. Una autonomía que resulta evidente en la formalización de sus obras, pero que tiene raíces más profundas y acaso sin parangón en el ámbito de la obra pública: las distintas piezas arquitectónicas de la CAC han sido a menudo fruto de una propuesta del arquitecto a las autoridades, antes que de un encargo de estas a aquel. Lisa y llanamente, Calatrava ha ido sugiriendo y agregando piezas al conjunto, y, de paso, atribuyéndoselas -con la excepción del Oceanogràfic, obra póstuma de Félix Candela.

Por ejemplo, el umbráculo-aparcamiento. Oel ágora, todavía en construcción, una plaza cubierta por una estructura metálica de setenta metros de altura, utilidad incierta -se dijo que sería un espacio ideal, por ejemplo, para la entrega de premios de la Copa América- y coste elevado: casi 53 millones de euros (de los que 3,9 millones corresponden a los honorarios del proyectista, merced a su habitual 7,5%). O el puente de Serreria, también en construcción. O, si la crisis no lo remedia, los previstos tres rascacielos de hechuras salomónicas (el mayor, de más de 300 metros), cuya comercialización debería paliar el déficit de explotación que arrastra la CAC.

El presupuestario es un capítulo que destacar en esta operación. Según el informe de fiscalización de la CAC del 2006, realizado por la Sindicatura de Comptes valenciana, los gastos en el Palau de las Arts Reina Sofia habían ascendido, al término de ese año, a 345,9 millones de euros. (El precio de adjudicación de sus obras, en 1995, fue de 84,3 millones. El incremento presupuestario a finales del 2006 -año de la inauguración del palacio, que no de su finalización- era pues del 310%). Cifras tan abultadas no son privilegio exclusivo del mencionado coliseo. Las necesidades de financiación de las obras incluidas en el proyecto de la Ciutat de les Arts i les Ciències han motivado la disposición de un monto global de 608 millones de euros. Es decir, de 100.928 millones de pesetas, más del doble de los 50.000 millones que otrora escandalizaron a ciertos dirigentes populares.

Es sin duda fatigoso apelotonar tantas cifras. Y debe de ser por ello que las autoridades populares, al hablar de la CAC que con tanta tenacidad y recursos impulsan, prefieren subrayar sus beneficios sociales,suatractivoturístico ysuimpactoeconómico.(Sin abundar en que su fondo de maniobra negativo subía en el 2006 a 319,6 millones de euros).

Es fatigoso, decíamos, apelotonar tantas cifras. Y es también injusto, en la medida en que nos impide dedicar más espacio a valorar otros proyectos arquitectónicos o urbanos de Valencia, como el airoso edificio Veles e Vents de David Chipperfield en el renovado puerto; como los planes de Valencia Litoral firmados por Jean Nouvel para la reforma del frente marítimo (que topan con la resistencia del lobby portuario); como el barrio Sociópolis coordinado por Vicente Guallart; o como las realizaciones de Ramon Esteve, uno de los arquitectos emergentes. Pero, además de fatigoso e injusto, es necesario. Porque, mientras los recursos públicos sean limitados, una apuesta tan activa como la de la Generalitat valenciana por la Ciutat de les Arts i les Ciències está estrangulando, por pasiva, muchas otras iniciativas. Son los riesgos del monocultivo.





El contrapunto
EN EL MAPA, Ferran Torrent


El PP ha ido sacando conejos de la chistera, ante el delirio de las multitudes y con la oposición perpleja

Hay un acierto que nadie le negará al Partido Popular, la clarividencia de observar con atino el espíritu empírico valenciano: en política sólo existe lo que se ve, y lo que se ve son los eventos. Es un acierto también metafísico, llevamos el espectáculo en nuestra alma, además de un complejo secular de ciudadanos de segunda clase en el Estado español.

Manos a la obra, pues: objetivo Valencia en el mapa: la Ciudad de la Luz, la Ciutat de les Ciències, la Copa del América, la fórmula 1... Uno tras otro, los populares han ido sacando conejos de la chistera ante el delirio de las multitudes y la perplejidad de la oposición, mayormente socialista, que siglos atrás, cuando gobernaba, hizo un intento de apostar por la I+D, es decir, por lo que no se ve. Demasiado serios para un pueblo tan cachondo, demasiado incapaces para opositar.

El problema es que ya no quedan más conejos en la chistera, y a la hora de ponerse serios la derecha tiene dificultades. Y no es que estemos contra la fórmula 1, es que no tienen fórmulas para la Seguridad Social (cinco minutos máximo por paciente), la construcción de institutos de enseñanza media (este curso, récord de barracones con 25.000 alumnos), la revisión o creación de nuevas infraestructuras (los 43 muertos en el accidente del metro nos situaron en el mapa).

También se acabó el ladrillo indiscriminado, la especulación como norma que perjudicó a los buenos promotores y potenció a los voraces (la Comisión Europea investiga 129 proyectos de urbanización que se tramitaron sin tener el agua garantizada). Ante tanto castillo pirotécnico nadie osaba alzar la voz por el pánico a que lo tildaran de antivalenciano. "Gracias a la fórmula 1 somos conocidos en el mundo", exclamó el president Francisco Camps, productor, realizador y guionista del espectáculo. El público aplaudió a rabiar.

El jaleado Camps tuvo la feliz idea de reclamar el agua del Ebro, no a los aragoneses sino a los catalanes (sobra añadir el rédito electoral que produce el anticatalanismo). Al grito de "Agua para todos" (para todos los que construyen desmesuradamente), impreso en un partido de fútbol en las camisetas del Valencia CF, la población le devolvió en votos tan valiente reivindicación. Sin embargo, de repente se acordaron de que para ir a Europa había que pasar por Catalunya, que necesitaban el corredor mediterráneo. Amigo, ese conejo no estaba en la chistera.

De repente, los empresarios serios, cansados del recurso manido del anticatalanismo, le cantaron las cuarenta al poder político y le mandaron a dialogar con sus colegas catalanes, que al fin y al cabo tenían los mismos problemas de financiación; que las cosas no estaban para idioteces del tipo del conseller de Educació, quien declaró, supongo que más por cinismo que por ignorancia, que "el catalán es un idioma extranjero" (febrero del 2008).Uno desearía, muy sinceramente, que después de tanta fiesta se impusiera la cordura.

Me pregunto, no obstante, si la frivolidad con que se ha gobernado, la facilidad con la que se han mantenido en el poder absoluto, les concederá la luz suficiente que ilumine otras formas de gobernar. Yo creo que sí. No porque confíe en ellos (no encuentro los motivos), sino porque los afectados por la falta de infraestructuras adecuadas son los poderes económicos, y estos, si han de elegir un mapa, prefieren el de Europa y no el de los muertos del metro, que viajaban en vagones indonesios.

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