4 set. 2011

1975: I MAO VA PREGUNTAR PER ESPANYA...


Enric Juliana ens dóna, una vegada més, una lliçó magistral sobre la utilitat de la història, del passat, per comprendre el present.

Els il·lustrats del segle XVIII van inventar la democràcia real amb la difusió de les idees de separació de poders (Montesquieu), sobirania popular (Rousseau), separació Església-Estat (Voltaire), etc., però els revolucionaris francesos van voler imposar-les amb violència (Marat, Robespierre) i, tal vegada per això, els esdeveniments posteriors van cedir-li tots els mèrits i tot el protagonisme dins de França a Napoleó, que de portes cap a fora va comportar-se com un vulgar Hitler del segle XIX al retrocedir cap a la idea imperial d'Europa amb la submissió de tots els estats veïns (Espanya, Àustria...) i no tant veïns (Rússia) al seu dictat...

Després dels aplecs bel·licistes del segle XX (salvatge guerra incivil espanyola, guerres mundials, etc.), les idees de la democràcia real es van consolidar al món occidental de la mà de la guerra freda, de la por a l'estalinisme salvatge i a la dalla sanguinària de la revolució bolxevic... Desapareguda la URSS i el comunisme econòmic de la Xina (continua el polític i heus ací la gran contradicció de la globalització capitalista), la democràcia real també s'està descafeïnant segons els interessos de l'oligarquia que dirigeix el món. Desclassificats els papers de la intel·ligència americana de la dècada dels setanta, l'autor del següent article ens desvetlla què no va ser casual que Franco s'acabara morint de vell al llit, que la democràcia es consolidara a Espanya o que el consumisme subsegüent ens haja conduit fins el punt d'inflexió de les llibertats actual i de la deconstrucció sistemàtica de l'Estat del Benestar. Mentrestant, un dels principals protagonistes vius de la història mundial recent, Henry Kissinger, afirma com és evident que Europa continuarà sofrint sense una unitat fiscal... (APF).



Y MAO PREGUNTÓ POR ESPAÑA

En 1975, el equilibrio mundial dependía en gran medida de Portugal, España, Italia y Grecia. En el 2011, tras de treinta años de consumo a crédito, la línea de fractura vuelve a pasar por los mismos países

Enric Juliana (La Vanguardia)

Gerald Ford le dice a Mao Zedong, presidente del Partido Comunista de China: "Nos preocupan mucho Portugal, España, Italia y Grecia. Hay que reforzar el ombligo euromediterráneo porque esa puede ser una de las zonas de expansión de la URSS".

Mao, contrario al expansionismo soviético desde la muerte de Stalin, hace una breve pausa y responde como un viejo mandarín al corriente de todos los asuntos del globo. Responde con lentitud porque ya está muy enfermo. Tabaquismo. Problemas cardiacos y pulmonares.

–Pero ustedes no condenaron nunca a Franco.
–Es verdad, no le condenamos, pero apoyaremos al rey Juan Carlos y conseguiremos que España entre en la OTAN, replica Ford.
–Sería bueno –vuelve a responder Mao– que España pudiese entrar en el Mercado Común. ¿Por qué no lo acepta la Comunidad Económica Europea?

Llegados a este punto, tercia el secretario de Estado Henry Kissinger, señalando que la mayoría de los países europeos son aún reticentes.

Pekín, 2 de diciembre de 1975, doce días después de la muerte del general Franco en Madrid. Segunda visita de un presidente de Estados Unidos a la República Popular China, después del primer viaje de Richard Nixon en 1972. Objetivo: la Gran Pinza. La obra maestra de Kissinger. EE.UU. ha perdido la guerra de Vietnam, el país asiático más amigo de la URSS, y China, que está comenzando a madurar como potencia, ya no acepta el paternalismo prepotente de los comunistas rusos. El diálogo citado pertenece al memorando oficial norteamericano, desclasificado el año 2000.

Portugal, España. Italia y Grecia. Ford y Kissinger tenían motivos de sobra para estar preocupados. La inesperada revolución militar democrática en Portugal había evolucionado en muy pocos meses hacia un bonapartismo aparentemente pilotado por el Partido Comunista. Las colonias portuguesas en África habían sido liberadas y se aproximaban a la órbita soviética. En España acababa de morir Franco. En Italia, un partido comunista algo distanciado de Moscú ya superaba el treinta por ciento de los votos y en la eterna Democracia Cristiana, bajo la tutoría del Papa Pablo VI, comenzaban a surgir voces a favor de un cierto pacto entre católicos y comunistas. En Grecia, la dictadura de los coroneles acababa de derrumbarse en 1974 tras la insensata invasión de la isla de Chipre. Un político conservador protegido por Francia pilotaba una gradual democratización de la que había sido excluida la monarquía por su complicidad inicial con la dictadura militar.

Aunque España era un grandísimo interrogante, la principal preocupación de Kissinger era Portugal. El primer ministro Vasco Gonçalves, coronel de ingenieros que había redactado el manifiesto revolucionario, promovía la reforma agraria, la nacionalización de la banca y la instauración de una decimotercera paga. Kissinger estaba a punto de promover la fractura definitiva del ejército y el enfrentamiento de las unidades apostadas en el norte con la guarnición de Lisboa, controlada por el teniente coronel Otelo de Saraiva Carvalho, el jefe militar más izquierdista. El embajador de Estados Unidos en Lisboa, Frank Carlucci, le frenó.

Con el apoyo del general Vernon Walters, subdirector de la CIA, le dijo que repetir la carnicería de Chile en Portugal, con España en coma, podía ser una gran locura.

Carlucci no era un pacifista. Había participado en 1961 en la caída y posterior liquidación del líder revolucionario congoleño Patrice Lumumba. Había conspirado en Tanzania contra Julius Nyerere, demasiado amigo de los rusos, y había ayudado al general Walters a chequear en 1964 la recién inaugurada dictadura brasileña del general Castelo Branco. Carlucci era un cualificado profesional de la guerra fría. Pidió tiempo a Kissinger para lograr, con la ayuda de los socialdemócratas alemanes y del Vaticano, el afianzamiento del socialista Mario Soares, líder moral de un parlamento recién elegido, que los militares revolucionarios se empeñaban en tutelar. Le salió bien. Portugal se asentó y después de él todas las demás piezas del ombligo euromediterráneo. A los griegos los dejaron sueltos con sus trampas entre clanes (Karamanlis-Papandreu) puesto que ya se adivinaban graves problemas en los Balcanes. Italia, importantísima, siguió siendo un magnífico laberinto. Y la vigorosa España dio la sorpresa. La OTAN aseguró el flanco, el Mercado Común se amplió, la URSS desapareció, las empresas alemanas vendieron más coches, frigoríficos y lavavajillas que nunca, y los europeos del sur fueron felices y comieron perdices durante treinta años, comprando a crédito y ajenos a toda obligación luterana.

Compren, compren, compren. Hipotequen, hipotequen. Y olviden las penas del pasado. Nadie les advirtió que la Reforma protestante tiene prohibido estirar más el brazo que la manga.

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